Aquella mañana fue la siguiente a una serie de días nublados y lluviosos que ensombrecieron a la capital tlaxcalteca. Pero entre esas lluvias constantes, el sol del amanecer suele colarse entre los huecos formados por las nubes aborregadas que anuncian un frío inminente. De pronto, se forman postales que, en la mayoría de las veces, solo pueden ser contempladas al máximo cuando se admiran en vivo. Por ello, procedo a tratar de describir de manera breve mis impresiones.
Al fondo, sobre la colina de Ocotlán los rayos del sol se hacen opacos, anaranjados y resaltan las siluetas de las nubes a la distancia, muy a la distancia, pero que aun son capaces de mostrar un paisaje ajeno y contrastante con la luz blanca en el cenit; como si fuera un atardecer de playa insertado ahí, en el oriente, detrás del mirador, quizás a un lado de Tizatlán:

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